EL DUELO (relato erótico. Variaciones sobre un tema de Taibo 2)

1. Juan

Toribio “el Perro” Regalado buscaba un tesoro. Apareció una malhadada tarde del otoño de 1864 en el primer pueblo del Bolsón de Mapimí al frente de doce sujetos de pésima reputación y peor catadura, armados de flamantes fusiles de repetición y montando magníficas bestias.

El general De Potier, jefe de las fuerzas francesas de ocupación en el los estados del noreste de México, tenía a los trece aventureros asimilados a su regimiento de exploradores imperiales, pero les dejaba las manos libres para sembrar el terror en la región de Mapimí, Parras y la Laguna de Mayrán, famosa por su lealtad a Juárez y a la República.

El Perro y sus compinches venían por el tesoro. El rumor los reunió en Tampico: unos eran –como el propio Regalado- desertores de la escoria contraguerrillera del coronel Dupin; otros habían pertenecido a esas fuerzas de Méndez que aterrorizaban los pueblos de Michoacán. Todos, con ansia de oro; todos, temiendo que la sangre derramada al fin se volviera en su contra, buscaban el tesoro para abandonar el barco del Imperio de Maximiliano, sostenido apenas por alfileres, quiero decir, por bayonetas.

En realidad no había ningún tesoro; pero una inoportuna palabra del presidente errante, don Benito Juárez, su rápida huida ante la cercanía de los Cazadores de África del general Castagny, y la fuerza del rumor, hicieron la tarea: para todo mundo, en Matamoros había quedado una carreta de oro.

Al principio, los cuidadores de las cajas de papeles dejadas por Juárez no tuvieron problemas: su jefe, Juan de la Cruz Borrego, los condujo a una cueva remota y desconocida, cercana a un pequeño ojo de agua, y en su umbría cavidad depositó las cajas. Luego regresó a su rancho sin preocuparse del asunto hasta que empezaron a llegarle los rumores de los rumores. Levantó el vuelo, con diez compañeros, una semana antes de que llegaran el Perro y sus bandidos a la región.

En noviembre cayeron los primeros: llevando comida a la cueva los hermanos Argumedo fueron descubiertos y asesinados por el Perro. Para febrero, eran cinco los muertos. El último, Marino Ortiz, fue salvajemente torturado y murió sin decir nada. Borrego reunió entonces a los cinco hombres que le quedaban. Llevaban cuatro meses sin poder sembrar o herrar un caballo; sus casas habían sido incendiadas; sus cosechas arrasadas.

¿Quién los había vendido?, se preguntaba, les preguntó Borrego. Esa no había sido tierra de traidores pero alguien dijo sus nombres. Solamente ellos conocían el escondite, pero la banda del Perro, respaldada por De Potier, los estaba cercando.

Tras inútil discusión, llena de silencios porque todos eran hombres de pocas palabras, Borrego se afeitó la poblada barba, encendió un cigarro de hoja, guardó puñal y pistola y, cubierto por su sombrero, salió de la cueva al frío anochecer del desierto.

Dos horas después, ya entrada la noche, llegó a las afueras de Congregación Hidalgo, aldehuela de treinta casas de adobe.

2. Gabriela

Arrastrando los pies, aunque no había modo de que los tacones de sus botas resonaran en el polvoriento arroyo, Juan de la Cruz Borrego se acercó a una de las casitas, carente de ventanas porque el cristal era desconocido en el desierto.

Aunque no era la suya, cruzó la puerta como amo de la casa y tratando de no hacer ruido se descalzó las botas. No fue lo suficientemente discreto, porque una voz de mujer surgió de la oscuridad:

-¿Eres tu, Juan?

-Yo soy, cielo.

No había estado ahí en cuatro meses, pero Juan de la Cruz no vaciló para moverse suavemente en la oscuridad, sobre el piso de tierra, hasta el lecho conocido. Tras ciento veinte días de juegos solitarios, de caricias mustias de su áspera mano, el olor de la mujer que inundaba el ambiente lo enloqueció. Olvidó que todo el pueblo sabía que él era el dueño de esa hembra, que cualquier ruido podía atraer a la pandilla de Regalado, que el silencio era su mejor arma, y arremetió como búfalo sobre la piel suave, los pequeños pechos, la cintura soñada durante tantas noches de insomnio en la solitaria cueva.

Ella –Gabriela- se abrió para recibirlo. Rodeó con sus piernas la espalda del hombre que desde hacía cuatro años satisfacía las ansias de su temprana viudez y proveía lo necesario para la vida diaria en aquella ranchería que ella no quería dejar.

Sintió el golpe de su amante, de ese hombre rudo y bueno, que casi le doblaba la edad, que le había enseñado a amar sin florituras no fuegos artificiales, pero con ternura inesperada, llevándola suavemente, sin sorpresas ni excesos, al éxtasis del cuerpo y del deseo.

Su hombre la usaba, como hacía antaño, cuando volvía de vender sus cosechas en el mercado de Mapimí. No frecuentaba allá a las prostitutas de ocasión que llegaban con motivo de la feria, sino que regresaba a ella, hambriento y gozoso, como ahora, y la poseía con furia y con ansia, dándole un placer extraño, explosivo y voraz, distinto del suave amor cotidiano.

Sintió en sus entrañas el estallido del hombre con los sentimientos encontrados de siempre: temiendo por un lado que un día, pese a las precauciones tomadas, quedara encinta y su tía al fin se enterara de lo que el pueblo entero sabía; deseando, por el otro, sentir una vida en sus entrañas y darle un hijo al hombre amado.

Satisfecho momentáneamente, Juan encendió una lámpara de aceite que Gabriela solo usaba en las grandes ocasiones. Perdido todo recato quería verla, admirar la hermosura de sus veinte años. La deseaba en secreto desde que apadrinó la boda de su sobrino Herminio con esa tímida quinceañera de huesos largos y mirada ardiente. Le llevó pan y consuelo cuando el sobrino consentido encontró la muerte en la batalla de Calpulalpam, a solo ocho meses de la boda.

Ahora la observaba. La rizada cabellera negra caía rebelde sobre sus hombros y su espalda. Era una mujer menuda y bella, de facciones enérgicas y ojos castaños, a veces tiernos, otras terribles. Sus blancos pechos, suaves y firmes, sus bien marcadas caderas, el rizado pelambre oscuro que cubría la delicada caverna de su sexo.

-Alguien nos puso el dedo-, dijo Juan, utilizando la frase que sigue usándose hoy día para señalar a los delatores.

-Aquí todos somos juaristas, Juan.

-Alguien nos puso el dedo.

-El Perro Regalado –informó Gabriela- solo es dueño de los 1,500 metros de alcance de sus carabinas. El resto está bajo el mando y dominio de tu compadre Jesús, quien también ha visto por mi en estos meses, Juan. Sin embargo, hay cuarenta franchutes en Parras y siempre pende la amenaza de su presencia. Si no han venido, es porque el Perro quiere el tesoro para él.

-No hay tesoro –masculló Borrego.

-Convéncelos…

Juan sabía que el rumor era más fuerte que la realidad. Cinco amigos suyos lo habían pagado con su sangre.

-Nos van a matar.- Juan informó, con la voz de siempre, el hecho incontrovertible.

-Los van a matar.- Gabriela repitió en voz baja la frase de su Juan y la sintió en el alma. Supo que así era. Que Juan y sus compañeros estaban condenados a muerte si no ocurría algo inesperado.

Juan se levantó de la cama, besó los pechos de Gabriela y se sirvió un trago de la damajuana en que guardaba el mezcal de la sierra que compraba en Mapimí.

Largo rato después, Gabriela dijo:

-Hay que hacer algo.

Juan la miró.

-Hay que hacer algo-, repitió Gabriela en voz más baja.- Voy a hacer algo.

Juan se acercó a ella, acarició su rostro, hundió su nariz entre sus desnudos senos y aspiró el acre aroma de la mujer. Su lengua fue en pos de los erectos pezones, haciéndolos suyos, mientras su virilidad recobraba el vigor al amoroso tacto de las manos de Gabriela. Abrazó a la bella mujer, a la ardorosa amante y llevándola al lecho, la cubrió con su cuerpo, entrando suavemente en ella, quedándose en ella, moviéndose con estudiada ternura, sintiendo que su amante lo envolvía, llena, llenándolo, subiendo lentamente por la escala del placer como por las de un arpegio interminable.

Salió antes del amanecer, antes de que cantara el primer gallo, recuperando a su noble bestia. Al salir de la casita, murmuró.

-Si, querida, amada mía. Haz lo que tienes que hacer.

3. Toribio

Dos días después el escuadrón de Toribio Regalado desfiló una vez más por las calles de Congregación Hidalgo, entre las miradas de odio de las mujeres, los ancianos y los niños de aquel poblado sin varones. Los aventureros, cansados y sedientos, alicaídos por la dureza de la inútil búsqueda, llevaban el dedo presto en el gatillo, listos para rechazar cualquier sorpresa.

Y fueron sorprendidos, porque no esperaban que una bella joven de rebelde cabellera y expresivos ojos oscuros saludara a Regalado, dándole además el tratamiento que De Potier le negaba:

-Capitán-, dijo la hermosa joven-. ¿No desea un trago de agua fresca?

Regalado se apeó, se descubrió haciendo una amplia reverencia, y con media sonrisa torcida, dijo:

-Será un placer, señorita.

-Si quisiera vuestra excelencia honrar mi humilde morada –dijo Gabriela, pues el lector habrá adivinado que era ella quien usaba por vez primera en su vida terminajos aprendidos en las novelas al uso.

Enjugándose el sudor con el pañuelo, el Perro Regalado cruzó el oscuro umbral, entrando a la fresca habitación. Gabriela cerró la puerta tras él, con naturalidad, y le sirvió una jarra de agua, fresca y olorosa a barro, que el Perro bebió, con fruición, mientras sus pupilas se adaptaban a la penumbra.

-Ya no nos queda nada, capitán –dijo Gabriela-, que si algo hubiera, le prepararía a usted y a sus hombres una fritada de cabrito.

-Traeré de Parras los animalitos y el vino, señorita –dijo el Perro Regalado y, para asegurarse, acarició la mejilla de la muchacha.

Gabriela sintió el áspero roce de la mano y, venciendo su repugnancia, atrapó con la boca uno de los dedos, succionándolo significativamente.

Regalado, que durante los últimos dos meses no había recibido más satisfacciones que las que le daba el culo de Indalecio, el más joven de la partida, que solía atenderlo las noches que él se lo exigía, se lanzó sobre la esbelta muchacha que ahora se le ofrecía a cambio de comida.

La desnudó con ansia, se desnudó con prisa. Ella se dio vuelta, apoyándose sobre la rústica mesa y él, sin esperar más, abrió con sus manos la estrecha cavidad insertando la verga, que dolía de tan rígida, deslizándola trabajosamente dentro de la muchacha. Solo de penetrarla, el Perro se derramó, un poco –no lo suficiente- avergonzado, pero ella, que lo sintió, dijo:

-Espere ahí, señor capitán.

Y ya lubricada con el semen del traidor, Gabriela movió sus caderas y contrajo su sexo hasta asegurarse que la verga del Perro no se retraería. Su cuerpo, educado para el placer por su amado Juan, reaccionaba ya cuando el Perro reinició sus embates y ella, tras un instante de vacilación, decidió abandonarse al nuevo placer, más que puramente carnal, interesado y canalla. Sus gemidos, que respondían a los embates del Perro, no eran del todo fingidos y pronto dejaron de serlo del todo.

Gabriela se escapó: en uno de los embates del perro se movió lo suficiente para que la verga quedara fuera, y sin decir palabra se dio vuelta. Guiándolo con sus manos lo acostó en el duro suelo y lo cabalgó a horcajadas, llenándose del traidor otra vez, e imprimiéndole su ritmo al nuevo momento, haciéndolo suyo, esclavizándolo con el ardiente apretón de su vagina, con los sabios movimientos de sus caderas.

Alcanzó ese súbito desvanecimiento que sólo había experimentado con su Juan, desplomándose sobre el vigoroso cuerpo del Perro, ahíta, sintiendo nuevamente el fuego del traidor en sus entrañas, besándolo incluso, para coronar la tarea que se había impuesto y que no resultó tan ingrata como debía haber sido.

Se vistieron silenciosamente y, al abrir la puerta de la fresca habitación, al implacable sol del desierto, Gabriela murmuró:

-Sabe mi capitán que estoy aquí, a sus órdenes. Pero si me deja aquí, la gente sin fe ni ley de este pueblo miserable, tomará feroces represalias.

4. Achilles

Durante las semanas siguientes y quizá por única vez en su vida, el Perro Regalado fue feliz. Dos o tres veces a la semana, cada vez que sus actividades contraguerrilleras se lo permitían, llegaba a Parras, donde le puso casa a Gabriela, y yacía con ella. Regalado aprendió a amar el delicado cuerpo de Gabriela, la dulzura de su sexo, la inmensidad que tras sus ojos se adivinaba, pero amaba como aman los ruines, con ataques de celos furiosos, escenas de profunda mezquindad y ansia de posesión perpetua. Amaba como aman las almas ruines, pero a veces olvidamos que también los ruines aman.

Gabriela lo soportaba cada vez con más trabajo, y esa fue la causa de que sucumbiera al requiebro de un barbilampiño oficial francés, joven y delicado aunque ya encallecido en los rigores de la guerra. Una fría madrugada, cuando acababa de salir la cuadrilla del Perro hacia Matamoros, el alto y rubio muchacho llamó a la puerta de Gabriela y cuando ella le abrió, entró por el portal y con desparpajo le dijo en empedrado español:

-Señoguita, con todo guespeto, vengo a requeguigla de amogues.

Ella lo miró pasmada, pero respondió a su beso, se dejó acariciar y cuando cayó en cuenta, las manos del rubio joven tocaban la piel de sus muslos debajo de sus enaguas. Le agradó el contacto de aquellas manos suaves, tan distintas de las del Perro. Le gustó la expresión del joven extranjero, la mirada azul, y volvió a besarlo.

El francés la desvistió lentamente, acariciándola, besándola a cada momento, recorriendo su cuerpo y su cara con sus largos dedos, su húmeda lengua. Gabriela no pensaba, sentía. Su piel se erizó, se humedeció su sexo, se hincharon sus pezones y su clítoris. Con las caderas recargadas en la mesa, los ojos cerrados, Gabriela se dejó usar, hasta que sintió una húmeda y novedosa presión en su clítoris. Abrió los ojos y vio la cara del francés entre sus piernas, con la boca en su sexo.

-¿Qué haces? –preguntó sorprendida, asustada quizá.

El francés respondió chupando su clítoris y deslizando dos dedos dentro de la empapada y receptiva vagina de Gabriela, que gimió desconcertada y feliz. La lengua y los dedos del francés, moviéndose rítmicamente, la llevaron en breve a una primera explosión de éxtasis, que se prolongó al sentir como se deslizaba dentro de ella, el grueso miembro del muchacho, al que rodeó con brazos y piernas, atrayéndolo hacia sí, envolviéndolo todo.

Durante horas jugaron, desnudos, empapados en sudor y en sus fluidos, envueltos en los penetrantes olores de sus cuerpos. El joven francés pareció, al menos ese día, insaciable. La hizo suya contra la pared, en el suelo, en el lecho de Regalado, la penetró con violencia y ternura una y otra vez, la ató a su sexo y al caer la noche se perdió entre las sombras.

Desde entonces, Gabriela cobró mayor odio a Regalado. Todas las noches recibía al francés en secreto. Estaba loca por la elasticidad de sus músculos, la solidez de su miembro, la resistencia de su cuerpo. Besaba los rubios vellos del joven. Resistía los incansables ataques, la reiteración de la fuerte verga en sus cavidades, las humedades compartidas, la fatiga, la insolente lengua. Estaba loca por las suaves manos del francés, su espigado cuerpo, la boca que la recorría entera, el miembro que la penetraba una y otra vez, noche a noche, salvo cuando el perro Regalado descansaba en Parras.

Odiaba la fuga del muchacho todas las madrugadas, la obligación de entregarse al Perro, al que ya no gozaba, al que engañaba no solo con el francés, sino con los gemidos que seguían a la penetración; mintiéndole con los húmedos besos, con el movimiento de sus caderas bajo su pesado cuerpo. Y con todo, odiaba también su locura por el francés, el aborrecido invasor que había matado patriotas en Puebla, en Michoacán, en San Luis Potosí, en Coahuila; odiaba traicionar de esa manera la memoria de su esposo, el amor de su Juan.

El plan original de Gabriela era sencillo: obtener de Regalado el nombre del traidor, del que había vendido a Juan y a sus compañeros y, de ser posible, matar al criminal aventurero en el lecho, pero se sentía impotente para hacerlo y poco a poco se fue abriendo en su conciencia la idea de utilizar al joven francés contra el Perro Regalado, pero su corazón y su sexo se resistían, su cerebro se negaba a encontrar la manera precisa de hacerlo. Noche a noche gozaba a su amante, lo hacía suyo, se hacía suya; lo sometía delicadamente, cabalgándolo con la ardiente carne clavada en sus entrañas, como eje de sus movimientos y su vida; se sometía pasivamente, atada al lecho, boca abajo, inmóvil casi, penetrada y sometida por una vía que nunca creyó apta para los menesteres que ahora anhelaba.

Finalmente se dejó llevar por la situación, suponiendo que no podía prolongarse demasiado, que alguien hablaría, que el hambre creciente del francés terminaría por enfrentarlo con el aventurero. Pero fue ella misma la que precipitó la solución del problema.

Una noche no soportó a Toribio Regalado. Había pasado la tarde entera en brazos del francés, admirando la línea de sus piernas, la perfección de su ombligo, la fragilidad de su magnífico animal en reposo. Se engolfó en el gozo del acto carnal, en el miembro y la lengua, las manos, el pecho y la espalda de su francés. Lo cabalgó y se sometió sucesivamente, si sintió ama y esclava, penetrada por su joven amante, y cuando pocas horas después llegó el Perro, bañado en sudor, cubierto por el polvo del desierto, lo rechazó sin más, negándose a abrir la puerta.

5. El duelo.

Un turbio amanecer de abril de 1865 dos hombres se aprestaban para matarse a las afueras de Parras: Toribio Regalado, aventurero cuarentón, de piel cetrina, barba cerrada y recia musculatura, y Achilles Dupont, teniente de caballería, veinticinco años, lampiño, rubio, alto y delgado. El mexicano, ataviado con traje charro de gala, montaba una yegua tordilla de imponente alzada. El francés montaba un alazán tostado y vestía uniforme reglamentario, luciendo en su casaca la cruz del mérito y las medallas obtenidas en Marengo y Puebla.

Dos oficiales de la caballería imperial, el capitán Juan Hernández y el mayor Antonio Hidalgo, que detestaban al Perro pero respetaban su valor, apadrinaban al aventurero. Dos tenientes del 2º de Zuavos eran los testigos de Achilles. Los padrinos revisaron y armaron las cuatro pistolas de duelo y convinieron que, por exigencia expresa de sus ahijados, el combate sería a muerte. Disparadas las cuatro balas, los jinetes echarían mano a sus armas blancas: Achilles al sable de reglamento; el Perro al cuchillo de monte y a la temible mangana de los guerrilleros juaristas, que también usaban, por alarde, no por necesidad, algunos oficiales del Imperio.

Partieron al galope, a cien metros uno del otro. Cuando la distancia se redujo a la mitad, el Perro, más impaciente, confiado en su pericia, disparó los dos tiros de su primera pistola. La primera bala silbó a centímetros de Achilles; la segunda destrozó la cabeza de su bestia. A veinte metros, viendo a su enemigo tendido en tierra, Regalado desenfundó la otra pistola e hizo fuego por tercera vez, pero el joven francés alcanzó a escudarse tras el cuerpo de su caballo y, aprovechando su ventaja momentánea, disparó a su vez, dos veces, sin hacer blanco, pero obligando al aventurero a tomar distancia.

A cuarenta metros, Regalado puso su bestia al galope, buscando rodear la precaria posición del joven francés. Este entendió el movimiento y, arrodillado, apuntó cuidadosamente. Hicieron fuego simultáneamente, perdiéndose ambas balas.

Reglado arrojó la inútil pistola y echó mano a la mangana, haciéndola silbar sobre su cabeza. Trazó otro amplio círculo alrededor del joven francés, que giraba sobre los talones de sus botas, el brazo extendido, el dedo en el gatillo, preparado para disparar en el momento preciso la bala que le restaba.

Finalmente, Regalado tuvo al francés a la distancia justa y arrojó el lazo. Achilles vio la maniobra y notando que al fin su enemigo detenía su cabalgata, jaló el gatillo. La bala del francés atravesó limpiamente el corazón de Regalado en el instante mismo en que este jalaba la mangana, asegurándola a la cabeza de la silla. En un último espasmo, el aventurero apretó las piernas y su yegua salió disparada hacia el desierto, derribando al francés en su arranque y arrastrándolo tras él. El mayor Antonio Hidalgo silbó y su fino caballo llegó a su lado, pero aunque cabalgó a galope tendido, fue incapaz de alcanzar a la espléndida yegua de Regalado, que huí desbocada, montada por un cadáver, que arrastraba tras de si otro cuerpo que había albergado un alma generosa. Dicen que todavía, en las noches de luna nueva, cabalga en el bolsón de Mapimí una yegua de raza, montada por un fantasma, arrastrando a otro.

6. Pablo

De Gabriela nadie supo más en Parras ni en Matamoros. Nosotros podemos decir que se refugió con su Juan de la Cruz y en la remota cueva aguardó a que pasara el general Brincourt, que en mayo y junio de ese 1865 atormentó a los pueblos del desierto, fusilando a veinte paisanos en Cuencamé, incendiando Matamoros, destruyendo aquí, violando allá, dejando en tierras de Durango y Coahuila el imperecedero recuerdo de la civilización francesa.

Eran los últimos estertores de una ocupación agonizante: en el otoño los franceses se retiraron del norte del país, presionados por los ejércitos populares de Mariano Escobedo, Gerónimo Treviño y Francisco Naranjo. En enero de 1866, con uniforme de comandante de lanceros regalado por su compadre, el general Jesús González Herrera, Juan de la Cruz Borrego desfiló triunfalmente en las calles de Saltillo, con las fuerzas del Ejército del Norte.

Esa misma noche, en una cantina de la ciudad en fiesta, entabló amistad con el coronel Pablo Salazar, de la División de Guanajuato. Borrego le contó la odisea del tesoro. Salazar, la de su periplo con las fuerzas del general Manuel Doblado, desde Guanajuato a Monterrey, de Monterrey a Chihuahua, atravesando desiertos, defendiendo siempre a la República. Le contó la historia del Ejército del Norte, cuatro veces resurgido de sus cenizas, como ave fénix. Le contó finalmente que allá lejos, en los llanos del Bajío, había dejado a su esposa, muerta de tifo en su ausencia.

Tres días después, sabiendo ya que el ranchero guanajuatense era hombre cabal, de posición holgada, viudo y de edad razonable, Borrego le hizo una proposición extraña:

-Tengo, mi coronel, una sobrina de veinte años, linda como los amores, viuda de un oficial del gran Zaragoza. Es hermosa y honrada, fuerte y sana, pero no puede permanecer en la región, porque, por órdenes del general González Herrera, tuvo que permitir que un oficial francés la sedujera, para evitar la destrucción de Matamoros, La Soledad y Congregación Hidalgo, tres poblados del desierto que no pintan nada, pero son nuestro terruño.

-Me habla usted con tanto calor de ella, comandante, que ya estoy predispuesto en su favor, ¿qué queréis pedirme?

-Que se case usted con ella. Ya se que es extraña la petición que le hago, mi coronel. Llevará una dote regular que yo le otorgaré, y ella le vivirá a usted amorosa y agradecida. Cuidará su casa y le dará una fuerte descendencia. Y estoy seguro, mi coronel, que terminará usted amándola.

Así fue. Gabriela amó y envejeció en Guanajuato y Pablo fue a su lado todo lo feliz que puede ser un hombre.

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