Cómo me enamoré del villismo

Muchas veces se ha contado la historia de la guerra civil de 1915 o “lucha de facciones”, sin embargo, la mayoría de sus interpretaciones coinciden en lo esencial en lo que respecta al punto crucial, a la pregunta detonante de esta historia: ¿por qué perdieron Zapata y Villa?

A pesar de su lógica interna y de las pruebas y argumentaciones que exhibía, esta respuesta nunca me satisfizo. Y es que muchos de los ratos de ocio de mi adolescencia, que eran los más del año, los pasé en los techos de los vagones de mercancías en la estación de Celaya, viajando de mosca con mis amigos hasta Villagrán –antes Estación Guaje- por un lado y hasta las ruinas de la fábrica La Favorita, por el otro. A mediados de los años ochenta los edificios más altos de Celaya eran las torres de las iglesias, por lo que desde el techo de un vagón de mercancías se podía tener una perspectiva que abarcaba una buena porción del Bajío, cortada por la sierra de Guanajuato, al norte, por la de los Agustinos, al sureste y por los cerros de la Gavia y Culiacán, al suroeste. Desde esa posición dominante, privilegiada, reconstruía en mi imaginación, con la ayuda de viejos mapas y de los croquis del general Francisco Grajales, las batallas de abril de 1915, concluyendo que no podían haber sido como las contaba el general Obregón, entre otras cosas, porque en un mundo mejor, creía entonces –incluso hoy, si me apuran- debían haber ganado los villistas.

No sólo recorríamos la comarca en ferrocarril: las bicicletas, pequeñas y fuertes cross fabricadas por la bimex cuando aún era una empresa del Estado, eran símbolo de pertenencia. Montados en ellas cruzábamos los llanos del Bajío, el lecho casi siempre seco del río Laja, las faldas del cerro de la Gavia y los bordos de los canales de riego. De esa forma, aprecié la distancia entre Celaya y Estación Guaje, donde el 6 de abril de 1915 fueron batidas las fuerzas de Maycotte y Laveaga; y entre Celaya y Apaseo el Grande, de donde se desprendió la madrugada del 15 de abril la División de Caballería mandada accidentalmente por Maycotte, para aparecer de improviso en La Favorita. Mientras mis amigos cazaban ratas y murciélagos en las ruinas de la fábrica La Favorita o de la hacienda de San Juanico, yo trataba de imaginarme la irrupción de los jinetes coahuilenses en la primera, o la perspectiva que desde las torres de la segunda tenían el general Francisco R. Manzo y sus oficiales sonorenses de la carnicería que se desarrollaba ante su vista. Gastaba el tiempo que mis amigos aprovechaban para preparar las mejores rampas de salto en el lecho del río, buscando los posibles vados, entre el puente del ferrocarril y el puente Tresguerras, por los que debieron cruzar los carrancistas la noche del 13 de abril o, tres o cuatro kilómetros río abajo, las rutas de aproximación de las fuerzas de mi general Calixto Contreras en la mañana del 6 de abril.

Caminé por los bordos de los canales cercanos a la Fábrica Internacional donde se parapetaron los soldados de Gonzalitos y Agustín Estrada, evitando que la derrota del siete de abril se convirtiera en desastre, y traté, en vano, de imaginar el punto exacto en el que fue herido de muerte el segundo de esos generales, nacido 1,500 kilómetros al norte, al pie de otra sierra, que es la misma. Más lejos aún, buscaba en las faldas de la Gavia los miradores desde los cuales el capitán Gustavo Durón González observó el desastre del ala derecha villista, antes de emprender veloz huída rumbo a Cortazar y pensaba también que, sin ningún genero de duda, yo también habría echado a correr en esas circunstancias.

Y entre más miraba, entre más leía los mapas brújula y compás en mano, para calcular rangos de tiro, distancias, posibilidades, más me convencía de que aquellas batallas de abril no podían haber sido como se contaban en la versión canónica.

Años después caminé por Santa Ana del Conde y Trinidad, miré la cuesta de Sayula, observé el campo de batalla de Ramos Arizpe y la conclusión íntima seguía siendo la misma. Decidí pues, investigar a fondo, encontrar la lógica militar de que carecía la versión canónica. Pero antes de eso tuve que estudiar la formación y la trayectoria de los ejércitos que se enfrentaron en aquella terrible guerra, antes tenía que obtener los grados académicos que me dieran el tiempo y los recursos necesarios para llevar a puerto esta investigación, que cierra un ciclo de varios años. Me atrevo a ofrecer una versión distinta. El lector dirá si le satisface. Por lo tanto, lo que aquí contaré es una historia militar de la revolución. ¿Qué entiendo por ello?

(De la introducción de mi libro “1915: México en guerra”: http://www.planetadelibros.com.mx/1915-mexico-en-guerra-libro-195864.html )

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s