La heroica defensa de Puebla, 1863

La heroica defensa de Puebla

El 16 de marzo de 1863, los cañones del fuerte de Guadalupe anunciaron que los 34,144 hombres del ejército expedicionario francés estaban frente a Puebla. Los invasores atacaron Loreto y Guadalupe, el fuerte de San Javier y otras posiciones, tratando de obtener una rápida y avasalladora victoria, pero luego de tres días de combates, sin resultados y con fuertes pérdidas, el general Elías Forey cambió de táctica y estableció un sitio formal en torno a la plaza. Desde ese momento, y durante casi dos meses, se combatió día y noche, sin más descanso que las treguas establecidas para recoger heridos y canjear prisioneros.

La estrategia del general Jesús González Ortega, comandante en jefe de los 22,000 hombres del Ejército de Oriente sitiados en Puebla, consistía en agotar el empuje del ejército francés para, finalmente, en combinación con el Ejército del Centro, formado por 7,000 soldados bisoños mandados por Ignacio Comonfort, romper el sitio. Si al romper el sitio se lograba causar daños significativos a las fuerzas francesas, se podía entonces pasar a la ofensiva; si no se lograba, los ejércitos unidos de González Ortega y Comonfort debían situarse entre los invasores y la ciudad de México, para presentar una nueva batalla o, si estaba cercana la temporada de lluvias, replegarse a la capital de la República, que en los meses lluviosos tenía muy pocos accesos por los cuales pudiese pasar un ejército numeroso. En ese caso, los franceses no podrían plantearse seriamente atacar la capital antes de octubre o noviembre.

Pero Forey, que se tomaba en serio su oficio, no desgastó su ejército en ataques masivos, como había esperado González Ortega, sino que inició una larga batalla de desgaste, para ahorrar las vidas de sus hombres y tomar una por una las posiciones mexicanas. La primera fue el fuerte de San Javier, cuyos escombros inútiles ocuparon los franceses tras una semana de combates. Siguieron los asaltos al cuartel de San Marcos, durante nueve días consecutivos, que costaron la vida de cerca de 500 franceses antes de que su bandera ondeara sobre las humeantes ruinas.

Caídos ambos fortines, la ciudad rebautizada como Zaragoza hizo honor a su nombre, puesto tanto en recuerdo de la capital aragonesa, que había resistido heroicamente los ataques del ejército de Napoleón el Grande, medio siglo antes, como del joven general que consiguió la victoria del 5 de mayo. Los defensores de Puebla se batieron casa por casa, manzana por manzana hasta agotar tres veces el parque, y otras tantas veces las caballerías de Comonfort introdujeron convoyes de municiones de guerra y provisiones de boca.

Incapaz de conquistar la ciudad a viva fuerza y con bajas muy superiores a las previstas en su plan, a principios de mayo, luego de más de seis semanas de combates, Forey estableció un sitio pasivo y envió al mayor número de fuerzas posibles, a las órdenes del general Achilles Charles Bazaine, en persecución de las caballerías de Comonfort.

Mientras Forey se limitaba a bombardear Puebla, lo que causó graves daños a la población civil, Bazaine perseguía a Comonfort por los llanos de Puebla y Tlaxcala: el mexicano buscaba introducir un convoy de alimentos a la hambrienta ciudad, pero se encontraba siempre con los jinetes franceses y unos pocos miles de aliados mexicanos entre su columna y la plaza sitiada.

El 8 de mayo se selló el destino de la heroica ciudad de Puebla de Zaragoza, cuando Bazaine alcanzó por fin a Comonfort en el pueblo de San Lorenzo. El Ejército del Centro fue destruido y sus restos se refugiaron en la ciudad de México, donde el gobierno inició los preparativos para marchar al norte, rumbo a San Luis Potosí, bajo la protección del general Manuel Doblado, quien reunía todos los elementos posibles, entre grandes penurias, para construir el Ejército de Reserva.

Concentradas frente a Puebla todas las fuerzas invasoras, el 10 de mayo se reanudaron los furiosos ataques que habían caracterizado los primeros días del sitio, y si bien los franceses fueron incapaces de tomar las posiciones mexicanas, sí agotaron las municiones de los nuestros y minaron su moral con bombardeos incesantes.

El 16 de mayo, agotadas las municiones y los víveres, el cuartelmaestre general del ejército, José María González de Mendoza, parlamentó con los generales Forey y Bazaine, a quienes propuso, por órdenes de González Ortega, la entrega de la plaza a condición de que permitieran la salida del Ejército de Oriente. Forey se negó a aceptar nada que no fuera la capitulación, lo que Mendoza rechazó por instrucciones de su jefe. Esa noche se celebró, dentro de la ciudad sitiada, una larga junta de generales, que terminó con una resolución unánime, expresada en una carta que, al amanecer del 17 de mayo, envió González Ortega a Forey, y que transcribimos íntegramente:

“Señor General:

“No siéndome ya posible seguir defendiendo esta plaza, por la falta de municiones y víveres, he disuelto el ejército que estaba a mis órdenes y roto su armamento, incluso toda la artillería. Queda, pues, la plaza a las órdenes de Vuestra Excelencia y puede mandarla ocupar, tomando, si lo estima por conveniente, las medidas que dicta la prudencia para evitar los males que traería consigo una ocupación violenta cuando ya no hay motivo para ello.

“El cuadro de generales, jefes y oficiales de que se compone este ejército, se halla en el Palacio de Gobierno y los individuos que lo forman, se entregan como prisioneros de guerra.

“No puedo, señor general, seguir defendiéndome por más tiempo. Si pudiera, no dude Vuestra Excelencia que lo haría.”

Así se rindió Puebla de Zaragoza, llamando la atención del mundo sobre la resistencia de los mexicanos y su decisión de defender la soberanía nacional. El heroísmo de los defensores sorprendió a propios y extraños, como escribió el historiador Francisco de Arrangoiz, partidario de la intervención y enemigo de Juárez, al comparar la larga batalla con otras similares ocurridas en 1870 durante la guerra entre Francia y Prusia:

Sesenta y dos días se defendió Puebla, plaza sin murallas, con fosos poco profundos y no por todos lados. Al ver que Estrasburgo y Metz, dos de las plazas más fuertes de Europa, se rindieron a los 38 días la primera y a los 72 la segunda, y que en Metz era casi igual la fuerza sitiada a la sitiadora, debe considerarse como uno de los más bizarros y notables hechos militares de nuestros días la defensa de Puebla, en la cual un general improvisado, pues no era su carrera la militar, les dio un ejemplo, que no han imitado, a los generales franceses que han mandado plazas fuertes en la guerra franco-prusiana.

Capítulo 33 de mi libro, que les regalo:
http://brigadaparaleerenlibertad.com/programas/juarez-la-rebelion-interminable/

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