Los valientes no asesinan

El 14 de febrero de 1858 don Benito Juárez estableció en Guadalajara el gobierno constitucional de la República, que se levantó en Guanajuato el 19 de enero de 1858 en contra del golpe de Estado y el Cuartelazo Militar con el que los conservadores quisieron destruir la Constitución de 1857 y el gobierno emanado de ella.

Una guerra civil sacudía al país: al gobierno fundado en la Constitución lo desafiaban el ejército, el clero terrateniente y los usureros de la ciudad de México, que levantaron en la ciudad de México la bandera de la república antidemocrática fundada en los llamados “hombres de bien”, con la Iglesia y el ejército como pilares fundamentales, contra el dogma liberal de la soberanía popular, contra el régimen republicano, democrático, representativo y federal, y contra el anhelo del Estado laico.

A Guadalajara, temporal refugio del gobierno constitucional, llegaron las noticias de la derrota del ejército liberal en la batalla de Salamanca, librada el 10 de marzo. Noticias que, exageradas por el rumor, provocaron la defección de una parte de la guarnición de la ciudad, encabezada por el coronel Antonio Landa.

Al grito de “¡Viva la religión!”, los amotinados se apoderaron del Palacio de Gobierno y capturaron a Juárez y a sus ministros Melchor Ocampo, León Guzmán y Manuel Ruiz. El ministro de Hacienda, Guillermo Prieto, estaba a las puertas del Palacio y pudo haberse evadido, pero se entregó para compartir la suerte de Juárez y sus compañeros.

A pesar de la prisión de Benito Juárez, las fuerzas que le eran leales se agruparon fuera de Palacio y le pusieron sitio, iniciándose un fuerte combate en el mismo centro de la Perla Tapatía. Por esa razón, varios de los oficiales amotinados pedían a Landa que fusilara a Juárez, e incluso alguno de los rebeldes amenazó la vida del presidente y lo insultó soezmente, sin que don Benito mudara en ningún momento su seria e inescrutable expresión, dando un ejemplo de firmeza imitado por sus colaboradores.

El coronel Landa, jefe del motín, pretendía que Juárez ordenara que las fuerzas leales que atacaban el Palacio se rindieran o que suspendieran el ataque, pero el presidente se negó resueltamente a firmar ningún documento mientras permaneciera preso. Entre tanto, correos urgentes salieron a Lagos de Moreno, a donde habían llegado con sus fuerzas los generales Anastasio Parrodi y Santos Degollado, para informarles de los sucesos de Guadalajara.

Al fragor de los combates del día siguiente, y ante las noticias de la próxima llegada de las fuerzas leales de Degollado, oficiales del 5º Batallón y algunos civiles conservadores, pasando por encima de la autoridad del coronel Landa, decidieron ejecutar al presidente y sus ministros, llevándolos incluso al paredón de fusilamiento. Ya se preparaba la ejecución cuando Guillermo Prieto se interpuso entre las bocas de los fusiles y Benito Juárez y, con inspiración repentina, arengó a los soldados con palabras que recogieron numerosos testigos: “Levanten esas armas, ¡los valientes no asesinan!”, exclamó el poeta metido a secretario de Hacienda, diciendo luego que los hombres del 5º Batallón habían sido siempre valientes y leales soldados, y que el hombre al que pretendían fusilar era el presidente que la nación se había dado. Los soldados entonces, sin aguardar otra orden, echaron sus armas al hombro y se quedaron impasibles. En ese momento llegó Landa, quien contuvo los ánimos, y Juárez y sus compañeros fueron regresados al cuarto que les servía de prisión.

Todos los testigos presenciales refieren con admiración el valor frío y tranquilo de Juárez, que no se movió del puesto que ocupaba, no pronunció palabra alguna, ni dio señales de emoción cuando los fusiles apuntaban a su pecho y el oficial daba las voces de “¡Preparen!… ¡Apunten!…” Todos los testigos refieren también la presencia de ánimo de Guillermo Prieto, quien, con su elocuente y oportuna palabra, salvó al presidente de la República.

Dos días más continuó Juárez como prisionero, siendo su persona la única garantía de los amotinados, rodeados por fuerzas cada vez más numerosas, enviadas a marchas forzadas por Parrodi y Degollado. Finalmente, el 16 de marzo, Landa entregó a sus prisioneros a cambio de que le permitieran salir libremente de Guadalajara con sus hombres. De inmediato, el presidente publicó un manifiesto a la nación en el que explicaba la situación que había pasado y llamaba a los pueblos de México a levantarse, a hacer un último y supremo esfuerzo para acabar con la era del oscurantismo, para terminar “con la explotación infame de los muchos para beneficio de unos cuantos”, y para restablecer la paz y el orden dentro de la libertad.

La gratitud de don Benito con los hombres de la guardia nacional de Jalisco, que en esos días de angustia lucharon sin descanso en defensa de la integridad personal del presidente, se expresó en un manifiesto dirigido por “el presidente constitucional de la República a los defensores de la libertad y de las leyes”, dado a conocer el 17 de marzo, como último acto público de Juárez en Guadalajara.

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