La hora de opinar y el miedo a debatir

El 26 de agosto de 2013 escribí esto. Lo transcribo tal cual lo escribí entonces:

¿Lesiones de historia patria? Notas para un abortado debate
con Aguilar Camín y Schettino

El 24 de agosto de 2012 me llamaron por teléfono para invitarme al programa “La hora de opinar”, conducido por Leo Zuckermann, para debatir un artículo de Héctor Aguilar Camín. Acepté encantado porque estaría presente Macario Schettino, a quien apenas empiezo a señalar como lo que es: un falsificador que tergiversa la historia en aras de sus intereses inmediatos. Conociendo el talante de los opinólogos de Televisa como Zuckermann, o caros a Televisa, como Schettino, me curé en salud y envié centenares de twitts informando del encuentro, que tendría lugar el lunes 27. Por supuesto, adiviné: el domingo 26 me comunicaron que el “debate” se posponía (conservo la llamada y el mensaje).

El “debate” no se pospuso: entre palmaditas en la espalda y elogios mutuos, el candidato a doctor Macario Schettino y los doctores Héctor Aguilar Camín y Rafael Rojas (un apreciado colega al que invitaron en mi lugar, sin informarle de ese detalle) se lanzaron animosos contra la “historia oficial” y la “idea” que nos han vendido, según Héctor, de que el mexicano es “un pueblo caído, sometido, víctima de sus triunfadores [en lugar de] la idea de un pueblo soberano, libre, que encumbra a quien lo merece”. Por cierto, no sé cómo me explicaría Héctor a Juárez, quien además de ser el vencedor en una guerra civil y otra extranjera, también es lo más cercano a lo que él dice extrañar: “un héroe civil y cultural, un constructor, un civilizador”.

Si el punto de partida de éste debate es tu artículo titulado “Lesiones de historia patria”, quiero decir que estoy de acuerdo en algunas cosas: en efecto, muchas de nuestras creencias colectivas son “comprobables falsificaciones históricas”. También es cierto que hay un culto a la historia explicada desde los caudillos y la violencia, como explicamos algunos colegas en un documento al que titulamos “La historia que necesitamos para el país que queremos”, en el que más de 500 profesionales de la historia expresamos cuatro preocupaciones concretas sobre la relación del Estado con la historia y la historiografía, la segunda de las cuales dice:

El estado mexicano tiene el derecho, y aun la obligación, de proponer y estimular vínculos que liguen simbólicamente a todos los mexicanos en una comunidad. No obstante, nos parece que el estado ha abusado de la historia con el fin, o con el pretexto, de establecer esos vínculos sociales, culturales y políticos entre la población. La historia que se recuerda en relación con esa cultura ciudadana —las fechas que constituyen el calendario cívico, los acontecimientos que se conmemoran— es en términos generales una historia masculina, militar e individualista, hecha de “héroes” armados, casi siempre varones. Tanto los gobiernos priistas como los panistas han aprovechado las conmemoraciones y las fechas cívicas para justificar su llegada al poder y, sobre todo, su manera arbitraria de ejercerlo. Es una historia que inmoviliza las energías sociales

http://politicahistoriografica.files.wordpress.com/2012/05/pol-hist-final1.pdf

Creo, sin embargo, que esa historia de caudillos y violencia tiene en parte una justificación, al menos en lo que respecta al medio siglo en el que cuatro potencias invadieron el territorio mexicano; pero creo también que esa historia no necesariamente “alimenta la idea de un pueblo caído, sometido, víctima de sus triunfadores, no la idea de un pueblo soberano, libre, que encumbra a quien lo merece”: ¿Cómo me explicarías así a Benito Juárez y a Lázaro Cárdenas? Quizá haya más monumentos a Juárez, más calles Juárez, que monumentos o calles dedicados al cura Hidalgo. Y me parece que Juárez no sólo es un héroe victorioso sino, además de ser el vencedor en una guerra civil y otra extranjera, es también en parte lo que pides: un héroe civil y cultural, un constructor, un civilizador.

Finalmente, y ahí es donde puede empezar el debate, ¿cuál es el objeto de cambiar la antigua historia escolar u oficial y sustituirla por otra?, ¿por qué historia la queremos sustituir? Nosotros proponemos lo siguiente:

Lo que necesitamos es una cultura cívica que sirva para que la gente, además de adquirir conciencia de su realidad por medio de la comprensión de procesos históricos, pueda construir la memoria colectiva y el sentido de sus comunidades en el presente y para el futuro. Una cultura cívica que se haga cargo de la violencia y la injusticia del pasado pero que no fomente el odio; que conmemore los procesos históricos protagonizados por el pueblo más que las gestas individuales; una cultura cívica que evoque procesos y momentos relacionados con los valores de un estado liberal, democrático, laico, incluyente y tolerante, y que busque preservar su propia existencia, la integridad de su territorio, su soberanía y su organización como un estado de derecho

Sin embargo, también hemos visto que han fracasado todos los intentos que se han hecho desde 1992 para abandonar la historia de bronce: cada año, los niveles de aprovechamiento de la enseñanza de la historia son peores que el precedente, de manera que hay que preguntarnos si no tendría razón don Luis González y González y que la historia de héroes es la que corresponde a la infancia.

Pero no es solo la enseñanza de la historia la que ha sufrido desde las reformas educativas de 1992 y con mayor énfasis, desde el triunfo del PAN en las elecciones de 2000: se ha convertido en moda denostar lo que ha dado en llamarse historia oficial. No defenderé yo la antigua versión priísta de nuestro pasado, pero sin duda, los desaforados ataques de que ha sido objeto dificultan cada vez más la enseñanza de la historia.

A la moda del denuesto siguió inmediatamente la de los desmitificadores (entre los que se cuenta el Dr. Schettino, aquí presente). Importa mucho señalar que estos “desmitificadores”, no abandonaron las formas maniqueas de pensar la historia, sino que cambian unos héroes por otros, unos mitos por otros, con mayores odios, mayor inquina de la que nunca se vio en los libros de texto y una total descalificación de nuestro pasado que deja pálidos los defectos que señalas en el artículo que comentamos.

Lamento que alguien haya cancelado o prohibido ese debate (¿quién?, pregunté insistentemente a Zuckermann, sin respuesta), aunque lo cierto es que quien más podía temerlo era Schettino. ¿Por qué? Por que en mis tres anteriores artículos de La Jornada que precedieron inmediatamente a la invitación lo denuncié como falsario, y porque avisé por las redes sociales que lo mismo haría cara a cara. El resultado fue la “desinvitación” de que hablo arriba; por lo tanto, y en vista de su notorio temor al debate de las ideas, he resuelto iniciar la glosa del principal libro “histórico” de Schettino.

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