Eduardo Iturbide: el asesino

Transcripción textual de:
Francisco Pineda Gómez, “Ejército Libertador. 1915”. México, Ediciones Era/conaculta, 2013, pp. 241-243.
(El potente apoyo documental del Dr. Pineda, en el libro en cuestión):

Eduardo Iturbide -miembro de la “casa imperial” de Agustín de Iturbide, primer emperador fusilado por la república- estaba apoyado por compañías petroleras extranjeras y por el cardenal James Gibbons, uno de los capitanes de la derecha estadounidense, presidente del Consejo Católico Nacional de Guerra durante la intervención de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial.

En aquel tiempo, curiosamente, había uno que se decía “príncipe Iturbide, sucesor de Maximiliano, heredero del trono imperial de México”. Estaba viviendo en un monasterio de Washington y, a los cincuenta y dos inviernos, decidió esposar a una Miss de veintinueve. En la boda, el 5 de julio de 1915, se vanaglorió de que era hijo de Maximiliano de Habsburgo, el segundo emperador fusilado por la república. Maximiliano lo había adoptado para significar una unión imperial. El señor del monasterio era primo de Eduardo y se llamaba Agustín Iturbide, reportó “The New York Times”.

LA CLAVE ESTÁ EN PAULINO

Para el Cuartel General del Sur, Eduardo Iturbide era el principal responsable del asesinato de Paulino Martínez, el jefe de la delegación zapatista enviada a la convención de Aguascalientes, Don Paulino fue militante de raíz liberal, en el doble sentido político de aquel tiempo: juarista y cercano al magonismo. En este sentido, Paulino manifestaba la unidad indisoluble de las luchas de liberación nacional y liberación social de México. Mientras que, en el polo opuesto su asesino Eduardo Iturbide expresaba la unión también indisoluble del clero reaccionario y el capital monopólico. Su vocación imperial estaba garantizada por un doble núcleo: la alianza de aspiraciones Iturbide-Habsburgo, así como del clero y las compañías petroleras; todas ellas, entidades actualizadas de la dominación extranjera en México: España, Francia, Austria, Inglaterra, Estados Unidos y el imperio Vaticano.

En diciembre de 1914, al investigar el asesinato de Paulino Martínez, los zapatistas supieron que Eduardo Iturbide era coronel villista, millonario, hacendado y ex gobernador del Distrito Federal bajo la dictadura de Victoriano Huerta, quien lo había hecho general brigadier antes de otorgarle ese puesto. Se recordará que, bajo el huertismo, los empleados de la biblioteca de la Escuela Nacional Preparatoria recibieron el grado de subteniente y los soplones del salón de clase, el grado de cabo. Se entiende, pues, que como gobernador, Iturbide debía ser general de Huerta y de The New York Times.

El mando del Ejército Libertador supo que este asesinato había sido una conspiración para provocar el enfrentamiento entre Emiliano Zapata y Pancho Villa. Manuel Palafox -según escribió a Zapata- había pedido autorización a Villa para realizar la aprehensión de Iturbide; calculaba que habría muertos, pues anticipó que presentaría resistencia armada. Pero cuando los zapatistas estaban a punto de hacer la captura, Eduardo Iturbide se escondió en la casa de Herbert Cunard Cummins, diplomático inglés. Lo apoyaron Thomas B. Hohler, encargado de la representación de Gran Bretaña -aquel que informó a Londres que la Convención de Aguascalientes había sido un “Parlamento de monos”- y Manuel Cardoso de Oliveira, el embajador de Brasil que representaba los intereses de Estados Unidos en la ciudad de México.

Inmediatamente, el secretario de Estado, William Bryan, ordenó al agente especial John Silliman: “Haga cualquier cosa que pueda para salvar a Iturbide […]. Él entregó la ciudad de México al Ejército Constitucionalista […]. Sería muy desafortunado si fuera muerto cruelmente”. Tal vez, Bryan se estremeció al imaginar los cuerpos fusilados en Padilla, Tamaulipas, y en el cerro de las Campanas. Aquella vez, en Teoloyucan, Iturbide expuso cuál era su posición ante el zapatismo. “[Son] fuerzas desenfrenadas de la plebe”, “atacan en chusma a la ciudad y no obedecen ni a usted [Obregón] ni a nadie”. Los motivos de su antizapatismo, igual que en el caso de Roque González Garza y la Casa Blanca, principalmente eran tres rasgos del Ejército Libertador: fuerza, pueblo (plebe, chusma) e independencia política (no obedecen a nadie).

En seguida, el agente Leon Canova sacó clandestinamente del país a Eduardo Iturbide y en esto tuvieron participación directa Eulalio Gutiérrez y José Isabel Robles, quienes facilitaron el traslado por tren hacia Estados Unidos a finales de 1914. “El presidente [Eulalio] Gutiérrez sabía todo acerca de él [Iturbide] y no sólo lo aprobó sino que me suministró todo lo necesario para hacerlo. Salía yo bajo una garantía presidencial”, escribió el agente Leon Canova. Además, en carta fechada el 25 de enero de 1915, Roque González Garza había sido informado de la operación clandestina por el propio agente del Departamento de Estado que la ejecutó. En aquellos días también se dijo que Iturbide “distribuyó medio millón de pesos entre varios americanos [Silliman, Canova y otros] para que le consiguieran un pasaporte”.

Había una red detrás de Eduardo Iturbide y su fuga después de asesinar a Paulino Martínez, rebelde originario de Celaya, Guanajuato. En síntesis, mientras que unos operaron tras bambalinas para salvar a Iturbide, luego de unos meses, otros buscaron ungirlo. The New York Times, igual que el cardenal Gibbons, lo manifestaban públicamente: ¡Wilson pondrá fin al desorden!, ¡Iturbide a la silla!

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